Un viejo rockero dijo una vez que la vida es vida, si se puede resumir en lo que dura un cigarrito. Es una de esas frases que al escucharla, sonríes y te pones a imaginar en pocos segundos todo lo que significa: una vida de desenfreno y excesos bajo el lema de vive rápido y muere joven, una típica historia de sexo drogas y Rock&Roll, una trivialización del masificado concepto de la vida… Pero no te das realmente cuenta de la profundad de esas palabras, hasta que no le das un par vueltas.
Un cigarro que se consume… Una buena metáfora de la vida. Lo enciendes con una llama, con un chispazo, energía al fin y al cabo. Y a partir de ahí, se consume, se desgasta, se quema y se acaba a medida que respiras, que lo inhalas y que lo disfrutas. ¿Y al final qué? Ningún cigarro perdura para siempre. Una vez se apaga, se termina, se deja olvidado en el cenicero de la memoria, con miles de cigarros más. ¿Es esa nuestra realidad? Nuestra vida se enciende, se quema y consume mientras el tiempo da una calada tras otra, hasta que al final, se acaba.
Ese pensamiento me llevaba reconcomiendo durante días, cuando me encerré en mi habitación a pensar en ello.
La luz de los claros de la ventana atravesaba el humo que me envolvía, y una música suave acompañaba el ambiente sombrío. A la primera calada la acompañó una pregunta que me rondaba la cabeza des de hacía ya unos cuantos días: ¿Qué espero de la vida? La segunda calada se confundió con un suspiro de inseguridad y duda, pero dio pié a una batería de posibles respuestas: Tal vez quería ser rico, multimillonario, tener una casa enorme y veinte coches esperándome en el garaje. Pero el problema del dinero es que dejas de ser tú el que lo tiene para pasar a ser propiedad del propio dinero. A partir de ahí, no sabrás diferenciar la vida que has creado tu, y la que ha creado tu cartera y tal vez, todo lo que has construido, se sustente sobre una mentira. ¿Da realmente la felicidad, el dinero? Seguro que no, pero también estaba seguro de que ayudaba bastante a conseguirla.
Con la tercera calada me vinieron a la cabeza las savias palabras de todas esas personas adultas que nutren tu infancia de consejos varios sobre tu futuro, sobre todo con uno en concreto: “Si quieres llegar a algo, tienes que estudiar”. Estudiar. Aprender. Basar mi vida en la búsqueda del saber y la cultura. ¿Es ese el verdadero objetivo de mi vida? Fumarme un tercio de mi vida entre libros y apuntes… ¿Y después? Fumarme otro tercio más trabajando.
La cuarta calada fue acompañada de una pequeña reflexión dentro de ese gran enigma: ésa es la vida que quieren para mí, la que todo el mundo espera. Una persona culta con un trabajo estable, un título bajo el brazo y una buena mujer para crear una familia. Eso era lo que el mundo quería para mí. Era la vida que una sociedad paternalista había creado para todos nosotros. No parecía muy buena idea, pero al final y al cabo, en este mundo, no hay demasiadas mejores opciones.
La quinta calada sonó a escupitajo sobre todos esos estereotipos e ideales. Yo quería mi propia vida, decidir mi propia existencia y crear mis propios ejemplos para seguir. La sexta calada iba impregnada de un gran deseo de conseguir esa quimera.
Con la séptima calada me di cuenta de que el cigarro se terminaba, y con él, mi reflexión. Mi conclusión llegó con la octava calada, que según mis cálculos, sería la penúltima. Entre la espesura y lobreguez del humo, vi claramente que no me importaban todos esos ideales, y que al fin y al cabo, la vida sí que es como un cigarro. Pero hay miles de cigarros, miles de clases, de marcas, de sabores, de aromas… Y nunca sabes cuál te va tocar. Así que mi conclusión fue vivir mi vida, dejar que el tiempo se fumara mi cigarro sin importarme qué se estaban fumando los demás y, sobre todo, apurando el mío hasta la última calada.
Con la novena y última, mis miedos y dudas se disiparon o, al menos, se escondieron entre el humo. Corrieron y se alejaron de mí. Y se fueron: los últimos pasos, la puerta final. Cerré esa puerta con llave, y la escondí en lo más profundo de mi ser, para que el miedo no volviera, para que las dudas no aparecieran, y nada me impidiera vivir mi vida.
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