sábado, 25 de septiembre de 2010

La felicidad.

Según la enciclopedia, la felicidad es un estado de ánimo que se produce en la persona cuando cree haber alcanzado una meta deseada y buena. Tal estado propicia paz interior, un enfoque del medio positivo, al mismo tiempo que estimula a conquistar nuevas metas. Es definida como una condición interna de satisfacción y alegría.
Según Oscar Wilde, la felicidad no se basa en algo material, no es algo que se consigue con el dinero, pero el tenerlo procura una sensación tan parecida, que necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia.
En cambio, según Goethe, la felicidad consiste en saber reconocer los méritos de los demás y poder alegrarse del bien ajeno como si fuera propio.
Lo grandes filósofos, por su parte, dicen que la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación, en el caso de Kant, o que la felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace, según Sartre.

La religión relaciona la felicidad con la plenitud del alma, la paz y el altruismo, que se consigue a través del amor a un Dios y a tus semejantes.

Los griegos explicaban que la felicidad se basa en la virtud, en hacer el bien y en la importancia de los bienes y placeres inmateriales.

Dinero, salud, familia, amor, sexo, amistad, paz… El subjetivismo que envuelve el concepto de felicidad me asusta y me confunde. Es una palabra demasiado arbitraria, inexacta y de significado dudoso como para representar un concepto tan importante para nuestra sociedad.

¿Es verdad que se necesita un dios para ser feliz? ¿Se necesita una cartera rebosante de billetes para sentirse alegre y satisfecho? ¿Es amor, familia y amigos lo necesario?
Después de leer miles de definiciones de felicidad, aún no puedo definirla por mí mismo, porque no estoy completamente de acuerdo con ninguna. Lo único que sé, y de lo único que estoy convencido, es que la felicidad está sobrevalorada. Es un concepto tan relativo y tan subjetivo, pero a la vez tan importante en nuestras vidas, que nos crea una sensación de vacío y de desdicha al creer que no la poseemos.
Un concepto tan ambiguo no puede definir y marcar nuestras vidas. Vivimos en función de un estereotipo y un ideal de felicidad que hay que conseguir, la meta de nuestras vidas es una utopía que se basa en una familia, unos amigos, una pareja, un trabajo estable y una buena cantidad de dinero en el banco que nos llevará a una felicidad final. Pero, ¿es eso realmente lo que queremos y lo que nos hace falta? Somos demasiados y demasiado distintos como para crear unos patrones sociales tan restringidos. Jugamos con el concepto de la felicidad y lo explotamos indiscriminadamente, creando estereotipos, metas, cánones de comportamiento y de forma de vida que hay que seguir para llegar al objetivo.
Sinceramente, me siento feliz. Nadie me ha dicho nunca que lo soy, que debería serlo, y tampoco que no lo soy. He recibido estímulos constantes por parte de mi familia, de mis amigos, de la sociedad en general. Cuando eres joven, parece que todo el mundo vela por tu felicidad, que todo el mundo quiere que seas feliz. Pero a medida que vas creciendo, cada vez más ese concepto de felicidad se va difuminando, se vuelve menos claro, se deforma y ves como al final, aquello que te habían dicho, aquello que habías aprendido a desear y a buscar, no es realmente lo que importa, no es lo que quieres, no es lo que buscas, ni lo que necesitas para ser feliz.
La felicidad es unipersonal, como decía Machado: “Camiante, no hay camino, se hace camino al andar”. Cada uno moldea su concepto de felicidad a sus propios objetivos, a sus propios retos y a sus propios ideales. Una sociedad paternalista y estereotipada no es una buena consejera, no puede decirte por dónde tirar, cómo hacer las cosas y cómo decidir. Si la felicidad es un camino, es un camino en el que sólo cabe uno. La propia felicidad es la que cuenta, la que vale y la que importa. Y si no eres capaz de buscar tu propio camino, tus propias decisiones y tu propia vida, no sólo no llegaras a ser feliz, sino que nunca llegarás a vivir.
Por lo tanto, la felicidad no es un concepto, no es una definición, no es una regla. La felicidad es efímera, volátil, intangible y, muchas veces, imperceptible. La felicidad es una cerveza con amigos una noche de viernes. La felicidad es una mirada, una caricia, un beso. La felicidad es tumbarte en la cama escuchando música para vaciar una cabeza demasiado llena. La felicidad es sentirte presionado pero saber que puedes. La felicidad es un cigarro de vuelta a casa. La felicidad es saber dónde apoyarte. La felicidad es una risa en un día gris. La felicidad es llegar. La felicidad es terminar. La felicidad es gritar, reír, correr, llorar, suspirar, respirar, vaciar, cantar, evadir, eludir, conseguir, persistir, hablar, discutir, susurrar, ver, admirar, sonreír… Y vivir. La felicidad eres tú. La felicidad soy yo. La felicidad somos nosotros mismos.

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